Escuela Agraria Alto Valle Este: el semillero educativo de Villa Regina que prepara a 260 futuros técnicos agropecuarios.
La Escuela Agraria Alto Valle Este se convirtió en una
institución referente de la educación técnica en la región, con un fuerte
arraigo por la producción y la formación de personal calificado tanto para
continuar carreras afines a este sector económico, o bien para desempeñarse con
soltura en las labores de campo si el presente así lo requiere. Más de 260
alumnos preparan su futuro en base al conocimiento teórico y práctico.
Desde hace más de quince años una institución de Villa
Regina trabaja con una idea clara: formar jóvenes que no solo comprendan la
actividad agropecuaria, sino que sean capaces de integrarse activamente en
ella.
La Escuela Agraria Alto Valle Este es hoy una referencia
regional en educación técnica con fuerte anclaje territorial, donde la teoría
convive con la práctica cotidiana y el aprendizaje se construye en contacto
directo con la producción.
“La escuela empezó a funcionar en el año 2009, por
iniciativa de la Cámara de Comercio, la Cámara de Productores y el Consorcio de
Riego”, contó a Río Negro Rural el director de la institución educativa, Pedro
Durán. “Lo que se buscaba era generar una instancia de formación vinculada a
las actividades productivas de la región, porque no había una escuela con esa
orientación específica”.
Desde entonces, el proyecto no ha dejado de crecer.
Actualmente cuenta con alrededor de 260 estudiantes y una particularidad que
marca un cambio de época: la matrícula femenina ya supera levemente a la
masculina, en una actividad históricamente asociada a los varones.
Formación integral con salida laboral concreta.
La propuesta educativa es clara y sostenida en el tiempo:
formar técnicos agropecuarios con herramientas reales para el trabajo y, al
mismo tiempo, brindar una base sólida para continuar estudios superiores.
Producción de hongos sobre troncos de álamos, otra actividad
que aprenden los estudiantes de la EAAVE.
“Nosotros buscamos darles una formación integral, que estén
preparados para seguir estudiando, pero también que puedan salir a trabajar
rápidamente si es necesario”, señala la vicedirectora del establecimiento,
Soledad Gajdos.
El título habilita a los egresados a insertarse en el sistema productivo local, ya sea en tareas operativas o en roles intermedios. “La intención es formar mandos medios, auxiliares de ingenieros agrónomos, gente capacitada en riego, nutrición animal, análisis de suelo”, agrega Rómulo Zanini, presidente de la Fundación que sostiene la institución.
“Nosotros buscamos darles una formación integral, que estén
preparados para seguir estudiando, pero también que puedan salir a trabajar
rápidamente si es necesario”
Ese perfil responde a una necesidad concreta del sector. En
un contexto donde la tecnificación avanza, pero muchas veces falta personal
capacitado para ejecutarla, la escuela aparece como un eslabón clave.
Aprender haciendo: el eje del modelo educativo.
Si hay un rasgo distintivo de la Escuela Agraria Alto Valle
Este es su fuerte impronta práctica. Lejos de limitarse al aula, los
estudiantes trabajan en campo, en contacto directo con animales, cultivos y
sistemas productivos.
Incorporación de contenidos y práctica son una constante en
la Escuela Agraria Alto Valle Este.
“No queremos que vean cómo se hacen las cosas en un video,
sino que las hagan ellos mismos”, resume Zanini.
La formación incluye producción hortícola a campo y bajo
protección, manejo de monte frutal, uso y mantenimiento de maquinaria agrícola,
manejo de rodeos, tareas de mantenimiento de las instalaciones rurales. Muchas
de estas prácticas se desarrollan dentro de los espacios productivos que posee
la escuela, y esta formación se complementa con visitas a chacras, algunos
campos y establecimientos productivos de la región.
“Todo el tiempo buscamos equilibrar teoría y práctica, pero
que las prácticas sean lo más significativas posible, porque eso es lo que
realmente permite que nuestros estudiantes puedan incorporar conocimientos y
desarrollar habilidades prácticas”, sostiene Gajdos.
Una escuela conectada con el sistema productivo.
El vínculo con el sector privado es otro de los pilares. La
institución mantiene convenios con empresas, organismos técnicos y productores,
lo que permite a los alumnos acceder a capacitaciones, prácticas y experiencias
concretas.
“Las empresas muchas
veces nos piden recomendaciones cuando necesitan personal, y tratamos de
generar ese nexo con los estudiantes”, cuenta Durán.
Este vínculo no solo facilita la inserción laboral, sino que
también permite que la escuela se mantenga actualizada frente a los cambios
tecnológicos. La incorporación de nuevas herramientas, como el uso de drones en
agricultura, es un ejemplo de esa adaptación constante.
“Las empresas muchas veces nos piden recomendaciones cuando
necesitan personal, y tratamos de generar ese nexo con los estudiantes”.
“No tenemos la
tecnología propia porque es costosa, pero los chicos están en contacto con
empresas que la utilizan, y de esta manera buscamos que estén al tanto de lo
que está pasando en la economía regional, que conozcan los cambios que se están
gestando”, explican desde la institución.
Producción propia y compromiso permanente.
Dentro del predio, los estudiantes participan de múltiples
actividades productivas: granja, huerta, apicultura, producción animal e
incluso procesos de industrialización de alimentos donde se impulsa el agregado
de valor a lo producido en la escuela, a través de elaboración de encurtidos,
mermeladas, disecados, entre otros productos.
La actividad avícola se aprovecha para aprender e incorporar
ingresos extra para la escuela.
“Los chicos se encargan de todo: desde el cuidado hasta la
producción y la venta”, detallan. Gallinas ponedoras, pollos parrilleros,
conejos, ovejas, colmenas y bovinos forman parte del sistema, al igual que los
talleres de carpintería y herrería.
“Hay actividades los 365 días del año: los estudiantes y
muchos docentes vienen los fines de semana a alimentar animales o regar”.
El compromiso va más allá del calendario escolar. “Hay
actividades los 365 días del año: los estudiantes y muchos docentes vienen los
fines de semana a alimentar animales o regar”, destacan. Este nivel de
participación construye no solo conocimientos técnicos, sino también responsabilidad
y sentido de pertenencia.
Una comunidad que sostiene el proyecto.
La escuela funciona bajo un esquema de gestión particular:
es pública de gestión privada. Los salarios docentes son cubiertos por el
Estado, pero gran parte del funcionamiento depende de la Fundación. «Todo lo
demás se sostiene con el aporte de las familias y el trabajo de la Fundación”,
explica Zanini.
Valor agregado a la producción primaria, otro concepto
incorporado en la educación.
El crecimiento que la escuela viene experimentando no sería
posible sin el acompañamiento de la comunidad. La respuesta siempre ha sido muy
favorable en cada evento que la escuela realiza, tales como Ferias, la Fiesta
Provincial del Chorizo Casero, o eventos para el aniversario de la localidad.
Estas actividades permiten a la escuela mostrar el trabajo cotidiano y también
sirven para recaudar fondos.
Formar personas, además de técnicos.
Más allá de los números y la estructura, quienes integran la
escuela destacan un aspecto que consideran central: el perfil humano de los
estudiantes.
La actividad en la institución se extiende a lo largo de
todo el año, siempre hay algo para hacer.
“Cuando uno viene y ve a los chicos, se da cuenta del
compromiso que tienen. Cuando alguien nos visita y ellos muestran su escuela se
nota que la sienten como propia, y en cada actividad que se organiza para la
escuela, siempre participan con entusiasmo, son nuestra mejor carta de
presentación”, señalan.
“Cuando uno viene y ve a los chicos, se da cuenta del
compromiso que tienen. Cuando alguien nos visita y ellos muestran su escuela se
nota que la sienten como propia».
La formación apunta no solo a lo productivo, sino también a
valores como el respeto, la responsabilidad y el trabajo en equipo. En un
contexto social complejo, esa dimensión cobra un valor especial.
Mirar el futuro con raíces en el territorio.
A lo largo de los años, la escuela ha ido ajustando sus
prácticas, ampliando sus espacios productivos y fortaleciendo vínculos. La
demanda creciente de ingreso refleja el interés que despierta la propuesta.
“La escuela fue mejorando año a año y siempre buscamos que
las prácticas sean cada vez mejores, que nuestros estudiantes egresen de la
escuela preparados y con herramientas para afrontar los desafíos”, afirma
Durán.
“La intención es formar mandos medios, auxiliares de
ingenieros agrónomos, gente capacitada en riego, nutrición animal, análisis de
suelo”.
En una región donde la producción agropecuaria sigue siendo
motor económico, la formación de nuevos actores resulta clave. Y en ese
escenario, la Escuela Agraria Alto Valle Este cumple un rol estratégico: formar
jóvenes que entiendan el campo, pero sobre todo, que puedan ser parte activa de
su futuro.
Publicado en Rural del Diario Río Negro.
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