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jueves, 6 de noviembre de 2025

La historia de Laura Mihaljevic y el recambio generacional que mantiene viva la fruticultura.


Entre Croacia y Regina: la historia de Laura Mihaljevic y el recambio generacional que mantiene viva la fruticultura.

Apasionada por la vida en la chacra, esta productora combina herencia y modernidad en una historia que refleja cómo el recambio generacional sostiene el alma productiva de Villa Regina.


C
uando habla de fruticultura, Laura Mihaljevic se le aceleran las palabras. Las ideas y los recuerdos fluyen con la misma energía con la que defiende la actividad. “Soy así, pasional. Lo llevamos en la sangre, así somos los croatas”, dice con orgullo. En su voz se condensa la historia de una familia que, desde hace generaciones, vive al ritmo de la tierra.

Su bisabuelo llegó desde Croacia a comienzos del siglo pasado en busca de trabajo. Años más tarde, su padre, Markan, cruzó el océano con apenas una valija, un molinillo de café y un trozo de pan. Viajó junto a su abuela para reencontrarse con el abuelo, que había emigrado veinte años antes. “Mi papá dormía entre los chanchos para calefaccionarse”, recuerda Laura. “Esa historia de sacrificio fue la que nos marcó a todos.”

Gentileza: Infocampo.-

Con esfuerzo y tenacidad, la familia se estableció en Villa Regina, donde levantó su chacra y comenzó a cultivar peras y manzanas. En ese paisaje de álamos y acequias se forjó la identidad familiar y el amor por la tierra. “Nos criamos entre el trabajo y los árboles. Mi papá nos enseñó que la tierra se respeta con esfuerzo, que los logros llevan tiempo y que la fruticultura es una escuela de vida.”

Laura estudió agronomía convencida de que su futuro estaba en el Valle. “Siempre supe que iba a volver. Es difícil despegarse del río, del olor a fruta, de las estaciones que marcan la vida. Este es mi lugar en el mundo.” Hoy forma parte del trabajo familiar y es una de las voces que representan el recambio generacional dentro de la producción reginense.

 “Villa Regina tiene un potencial tremendo. De todo el Valle, creo que es una de las ciudades con mayor capacidad de recambio generacional, y eso no es poca cosa”, afirma. Y enseguida amplía: “En nuestra cotidianidad, la fruticultura ocupa un lugar fundamental en el arraigo y en el inconsciente colectivo. Respiramos fruticultura, la amamos. De esta actividad viven muchas otras que se sostienen gracias a ella. Ocupa un lugar especial en nuestro corazón y en nuestra historia.”

Consciente de los desafíos actuales, no pierde el entusiasmo. “Vivimos años bisagra, difíciles en lo social, en lo cultural, en lo político y en lo climático. Pero acá no bajamos los brazos. Los reginenses la peleamos con orgullo y con pasión”, señala.

También reclama un mayor reconocimiento al productor. “Me gustaría que no estemos infravalorados, que la dirigencia entienda que no somos enemigos. Si todos tiramos del carro para el mismo lado, vamos a estar mejor.”

Su vínculo con la tierra tiene algo de espiritual. “Cada vez que camino la chacra se me hincha el pecho. Cierro los ojos y siento el aroma a acequias, a álamos, a frutas. Me da una sensación de libertad enorme. Nos dedicamos a una actividad noble y valiosa. Como decía Cicerón, la agricultura es la actividad justa para todo hombre libre.”

Y cuando le toca definir lo que siente por su ciudad y por su oficio, no duda: “Vamos en contramano, como el salmón, pero producimos alimentos para el mundo: vitaminas en su envase natural. Amo Regina, amo el Valle y me apasiona la fruticultura.”


Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/rural/entre-croacia-y-regina-la-historia-de-laura-mihaljevic-y-el-recambio-generacional-que-mantiene-viva-la-fruticultura-4363552/

sábado, 4 de febrero de 2023

Laura Mihaljevic, pasión croata puesta al servicio de las manzanas.

 

Redes sociales.

Laura Mihaljevic, pasión croata puesta al servicio de las manzanas.

La familia Mihaljevic es exponente del sacrificio y esfuerzo por la fruticultura. Laura, cuarta generación, abre las puertas de su chacra y cuenta su historia en un nuevo capítulo de ELLAS.


“Cuando comprás una fruta estás comprando historia, sensaciones, proyectos, salud y visión de largo plazo”.

Laura Mihaljevic habla en 1.5 de velocidad. Las ideas, emociones y conceptos se le vienen rápido y así como le vienen los larga. Es pasional. Dice ella misma que lo lleva en la sangre, “así somos los croatas”. 

Es la cuarta generación de productores frutícolas con base en Villa Regina, provincia de Río Negro. Ha sabido aprender de la pasión que le transmitió su padre, Markan, por el campo y las frutas. 

Justamente Markan tiene una emotiva historia: cuando tenía cuatro años se vino con su abuela de Croacia en barco, con una valija en la que sólo traían algo de ropa, un molinillo de café y un pan. Acá los esperaba su abuelo, que se había venido 20 años antes. Sí, dos décadas en las que la comunicación había sido solo por carta. Increíble. Markan tuvo que emigrar con su abuela porque su madre no podía alimentarlo. Eran tiempos difíciles, de guerra civil y guerra mundial. 

Su padre le contó a Laura que de chico dormía entre los chanchos para “calefaccionarse”. Ese sacrificio es el que Markan le fue inculcando, con el ejemplo, a sus tres hijos. 

Hoy, con 36 años, Laura -la protagonista de un nuevo capítulo de la serie de podcast ELLAS– lleva adelante, junto a su hermano, la empresa familiar en la que producen manzanas y peras, en el Valle, y carne (ciclo completo) en Choele Choel. Ella está más con la fruticultura, su hermano, con la ganadería. Una tercera hermana vive en Bahía Blanca, donde Laura estudió agronomía. 

LAURA SÍ ESTÁ.

Alguna vez me dijo: “A los que somos del valle y nos criamos al lado del río (el Río Negro), se nos hace muy difícil despegarnos de este lugar”. Por eso, cuando se fue a estudiar sabía que iba a volver. Es su lugar en el mundo. 

– Cuando uno imagina inmigrantes en Argentina, lo primero que piensa es en españoles e italianos. El caso de tu familia es distinto. Cómo es la historia de tu padre Markan y eso de pasar 20 años sin ver a su esposa.
– Sí, tremenda historia. Mi papá llegó a la Argentina en 1953, su abuelo ya estaba acá hacía 20 años, por lo tanto, su mamá era chiquita cuando su papá, mi bisabuelo, migró. Mi papá se vino con su abuelita cuando pudieron comprar los pasajes. No estaba fácil, en el medio hubo una guerra de independencia, la guerra mundial, comunicación por carta. La decisión de que viniera con mi papá fue porque mi abuela no podía darle de comer a mi papá, la posguerra era durísima. Entonces se vienen los dos suponiendo que iban a poder volverse en algún momento, cosa que nunca ocurrió. 

– ¿Es cierto que todavía tenés la valija con la que se vinieron?
– Si, claro. Y lo del pan me consta porque cuando tuvimos la oportunidad de viajar con mi papá a la aldea donde él había nacido, todavía quedaban algunas viejitas vivas e íbamos caminando y una le dijo “yo te hice el pan, Markan”. También tengo el molinillo de café que se trajeron. Mi papá siempre decía, “yo crucé un mar para venir a buscar trabajo y comida”. Por eso es que hay ciertas situaciones de Argentina que no se bancaba, hablo en pasado porque falleció hace dos años. Vinieron a buscar al otro lado del océano pan y trabajo. De hecho, acá conoció la harina de trigo. 

– En ese marco, ¿cuál es tu historia e infancia con el campo y la ruralidad?
– Yo siempre tuve en la cabeza volver al campo. Me fui a estudiar agronomía a Bahía Blanca pero siempre dije que iba a volver al Valle. Hay momentos que me lo replanteo, porque no es una actividad sencilla. Fruticultura es una actividad intensa. Por otros momentos estoy muy orgullosa de lo que hago. Es una ambigüedad. Pero mi vínculo siempre fue muy sano. Yo iba a la escuela a la tarde y a la mañana, a los 9 años, manejaba el tractor y le ayudaba a mi papá a desparramar abono. No tengo traumas de aquellos años. Me quedaron aprendizajes, objetivos, claridad para lo que quería hacer y lo que no. Me ayudó a desarrollarme para la supervivencia, a tener la cabeza abierta, poder tomar decisiones. Y esto para mis hermanos y para mí. Todos vivimos eso. Volvían de estudiar y todos trabajábamos, no nos íbamos a la costa con nuestros amigos. Y no lo recrimino, lo estoy agradeciendo por todos esos aprendizajes que te decía. 

– Si cerrás los ojos, ¿qué olores, sabores, colores, anécdotas, se te vienen a la cabeza?
– A mí siempre se me viene el aroma al río. Tenemos un Río Negro maravilloso. Viví mucho ir a pescar, con mi hermano, con mi papá. Y con nada. Una lonita, la caña, mate, y a disfrutar el momento. Obviamente el olor a manzana. El olor a pasto mojado de la mañana es un aroma que ¡guau! (exclama). Para mí debería haber un perfume con ese aroma. Las hojas del otoño también es un lindo aroma. Sin dudas, los jamones y las grapas que hacía mi viejo (se ríe). De hecho, todos los años para su aniversario elaboramos grapa en conmemoración. Es una manera de canalizar la angustia de ya no tenerlo. 

– ¿Por qué agronomía? ¿Qué cosas creías que te gustaban antes de arrancar la carrera?
– Yo tenía claro que iba a volver al Valle. Sea o no a la empresa familiar. Papá siempre nos preguntó. Nunca nos obligó a seguir. Yo lo elegí porque quise. Estaba entre dos carreras, veterinaria y agronomía. Nunca me gustó depender de otra persona, por eso quería ser yo la que lleve adelante esto con los recursos que tengo. Obviamente contrato otros profesionales en lo contable o en lo administrativo, por ejemplo. Pero lo de campo me gusta seguirlo a mí. Yo siempre me proponía ser la mejor, pero no por el otro, por mí. Haga lo que haga, no quería que me quedara nada en el tintero. Si fuese hoy limpiadora de calles me propondría ser la mejor limpiadora de calles. Cuando tuve que tomar la decisión, la facultad de veterinaria me quedaba lejos, en Tandil, por eso me fui a Bahía Blanca y estudié agronomía. Después, cuando conocí Tandil me arrepentí, porque es preciosa. Pero bueno, agronomía me ha dado amigos y mucho conocimiento. 

– Quiero preguntarte por la relación campo-ciudad: alguna vez me contaste que, cuando eran jóvenes, y vos y tu hermana llegaban al boliche, les decían “ahí vienen las chicas de la chacra”. ¿Cambió esa percepción de diferenciar los del campo y los del pueblo?
– Yo creo que los que nos hemos forjado en el campo somos distintos. Con esto no te digo que es mejor ni peor. Esta es mi realidad. Con mi hermana me llevo más de 13 años. Las historias han ido cambiando. Pero sí pasaba en la época de ella que había una diferenciación de cómo te vestías y dónde ibas. En mi época no tanto. Pero siempre hay una diferencia que no te puedo explicar. Yo lo veo en mis sobrinos, aún los que viven en Bahía Blanca, que están relacionados con el campo. Ellos tienen otro desarrollo, otro dinamismo, otras prioridades, resuelven situaciones. 

– ¿Y eso de “los oligarcas del campo”?

– Eso es algo que ha sido más fogoneado por los políticos. No somos todos iguales, obvio. Hay de todo en todos lados. Mafiosos hay en todas las profesiones. Pero sí creo como mea culpa no nos hemos sabido defender. No supimos comunicar bien. No estamos preparados para la comunicación. Nosotros laburamos, bajamos la cabeza y punto. Y deberíamos estar quizás más formados en ese aspecto. Estamos errando en no comunicar la verdad de la actividad. Sobre todo, de las economías regionales, tan golpeadas y tan poco conocido. Por eso cada vez que hablo con alguien intento contarle lo que es la fruticultura y cómo la vivimos nosotros. 

LOS PORMENORES DE LAS FRUTAS.

– ¿Qué te parecería interesante que sepan las personas que viven en la ciudad, que van a la verdulería, o el mercado a comprar sus frutas y verduras?
– Siempre digo que cuando la gente compra frutas está comprando historia, salud, ya lo dice el dicho, “una manzana al día, el médico evitaría” (se ríe). Nosotros estamos plantando hoy y recién vamos a ver los frutos al séptimo año. Mi papá ha plantado árboles sabiendo que no se iba a sentar a su sombra y que no iba a comer sus manzanas. Cuando vos comés una manzana o una pera o una fruta estás comiendo historia, sensación, proyectos, visión a futuro. Es muy importante que la gente coma frutas, tiene un gran aporte nutricional. 

– ¿Cuál es la mejor época para comer manzanas?
– Generalmente se cosechan en febrero-marzo, dependiendo la variedad pero se conservan todo el año. 

– ¿Cuál es la brecha entre lo que les pagan a ustedes y lo que pagamos nosotros en una verdulería?
– El tema del precio viene ligado a los intermediarios, a otras cosas que hay en el medio. El productor percibe muy poquito de lo que se paga en la verdulería. Si vos la pagás a 400 pesos el kilo, supongamos, y nosotros como productor recibimos 100 con toda la furia, y creo que nos olvidamos de descontar alguna cosa porque nos mentimos bastante. Entonces hay mucha diferencia. Todo lo impositivo que hay en el medio. Nosotros vendemos la fruta al mismo precio en dólares que hace 20 años atrás. 

– ¿Por qué siguen? O más bien, ¿cómo siguen?
– Porque tenemos sobre nuestras espaldas familias. Yo con 36 años tengo mochilones a mis espaldas que, si me equivoco, me fundo o me quiero ir a hacer pulseritas a Nueva Zelanda tengo familias que dependen de mí y quedarían en la calle. Es la parte más difícil de la fruticultura. Hay una falta de cuidado de esta actividad regional. Tenemos que seguir, pero nos vamos descapitalizando. Pero es una actividad maravillosa. Te prepara. A mí me ha ayudado a resistir presiones. Yo cuando estoy en la montaña a 3.000 metros de altura, pienso, “peor es ir a la cosecha, o las noches de helada”. Esta actividad me ha enseñado a empujar el límite todo el tiempo. 

– La fruticultura demanda mucho empleo. ¿Cómo analizás esa situación? ¿Es uno de los temas que a veces te quita el sueño?
– Yo la verdad… lo digo bajito para que no me envidien (se ríe), tengo un equipo de trabajo fantástico, hemos logrado formar una familia con todos mis colaboradores. Trabajamos codo a codo, sabemos nuestras cosas personales, nos ayudamos, estamos. Realmente es un equipo muy valioso. Estoy muy orgullosa. Pero tengo miedo porque cuando se vayan jubilando estamos al horno, porque no hay generación de recambio.

– ¿Por qué creés que pasa esto, que no hay recambio?
– Por los valores, por la voluntad, son factores que están faltando en las nuevas generaciones… no generalizo, en algunos. Hoy los jóvenes y no tanto, los de 25-30, no toleran el fracaso, no soportan presiones. Cuando yo tenga que cambiar mi plantel laboral es muy probable que haya cosas que no puedan resistir y va a ser un problema. También hay que decir que en otros lugares se ha desarrollado una industria del juicio laboral, están prendidos todos y eso es un mal ejemplo para las próximas generaciones. Trabajás entonces con miedo, desconfianza, generas menos puestos de trabajo, te achicás. Son muchos riesgos y por eso muchos están optando por mecanizar también. No es mi realidad hoy, insisto, pero es lo que se viene. 

FUERA DEL SURCO.

– Al escuchar música, ¿cuáles son tus gustos?
– Escucho de todo, no soy fanática. Pero si tengo que elegir arranco por (Joaquín) Sabina, lo he ido a ver a recitales, me encanta ese viejo. Folclore, en segundo lugar, me relaja. Música de los 80s también por influencia de mi hermana. 

– ¿Hay alguna actividad por fuera del trabajo en la que busques inspiración, reiniciarte?
– A mi me gusta mucho ir al río. Vivo a 50 metros del Río Negro. De chica, gracias a mi hermano y mi viejo íbamos a pescar mucho con mosca, es un río bellísimo. Hoy también hago kayak, me gusta el silencio de las aguas, como que te llevan. Hay una película que se llama “Ríos de la vida” o “Nada es para siempre”, según la traducción que pescan con mosca en Montana, EE.UU., trabaja Brad Pitt y en una parte de la película ellos dicen que se dejan obnubilar por el silencio de las aguas. 

– ¿Y el montañismo?
– Sí, claro, hace unos años que empecé a hacer treckking de montaña. Eso empezó en pandemia, me entrené como pude porque estaba todo cerrado y me puse en la cabeza que iba a ir al Lanín (3.776 metros sobre el nivel del mar) y fue la primera que hice. Para mí el Lanín es mágico, es una especie de retiro espiritual que no me ha transmitido ninguna otra montaña. Después hice otras cumbres: el volcán Tromen (4.114 metros), el cerro Palao y montañas más chicas. Estoy por hacer el Domuyo (4.709 metros) que es el techo de la Patagonia (N de la R: al momento de la nota faltaba una semana para salir a esa expedición). Yo soy así, no me voy de vacaciones, pero me escapo a la montaña. Hay mucha camaradería, amistad, grupo, naturaleza, es una actividad que disfruto mucho. Hay una frase de (Miguel) Unamuno que dice que “el cuerpo se restaura con el aire sutíl de las alturas, que el alma se restaura con el silencio de las cumbres”. Y es así. Uno vuelve menos cargado. Las angustias las dejás allá arriba, las penas pesan menos. Te sentís más poderoso. Es un retiro espiritual, vuelvo cambiada. 

– En series o películas, ¿qué elegís mirar?
– Me gustan las bélicas. Me encantó Vikingos. Me gustó mucho Outlander, me gusta toda la onda celta. También miro muchos documentales, me gusta aprovechar el tiempo aprendiendo. Literatura leo mucho históricas o sobre negociaciones. Hay un libro que te recomiendo que se llama “Rompe la barrera del no: 9 principios para negociar como si te fuera la vida en ello”, escrito por un ex FBI (N de la R: Chris Voss). Sirve para la vida cotidiana, con la suegra, los hijos, está excelente. 

– ¿Un lugar que te gustaría conocer?
– Me gustaría ir a un país con más disciplina, ver un poco el orden. Me gustaría conocer Nueva Zelanda y Australia, por sus formas de manejo y los campos. Me encantaría conocer Irlanda. Por ahí andaría. Y dentro del país me gustaría conocer el Perito Moreno… antes que se derrita… 

– ¿Una mujer que admires?
– Mamá Estela. Sin dudas. Es la palabra en persona de la resiliencia. Sabe salir de los problemas, siempre de buen humor, nunca habla mal de nadie, nunca piensa mal, está alegre, se pinta sus labios, más allá de todo lo que le pase o haya pasado. Y aún con sus hijos grandes sigue siendo mamá. Ella estaba embarazada de 5 meses de mi hermano y seguía manejando el tractor. Luchadora.

– ¿Algún tatuaje? En la piel o grabado a fuego en la vida
– Tengo varios chiquitos en la piel. Uno que en celta significa “Espíritu fluído o en armonía”. Uno vikingo que significa prosperidad. Tengo a mi papá con el escudo croata. Y tengo una frase tatuada que siempre decía él y es típica croata: “La sangre no es agua”. La tengo en el pie. La sangre tiene una carga, tiran las emociones. Somos todos muy pasionales. 

– ¿Si tuvieses que elegir una frase sería esa? ¿O hay otra?
– Podría ser, pero una vez escuché una de Cervantes que dijo Antonio Banderas en una premiación, que la dijo tan bonita y vivida: “Como no estamos experimentados en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad nos pueden parecer imposibles. Pero si le damos confianza al tiempo este nos puede dar dulces salidas y muchísimas amargas dificultades”. Es una frase que uso habitualmente. 

– Por último, ¿qué es para vos la fruticultura? ¿Qué le dirías a una manzana o un árbol de manzanas?
– Te vas a reir, pero yo lo hago, es algo que me baja a la tierra. La relación con la naturaleza es muy importante. Somos afortunados de poder hacerlo. Una vez escuché que Aristóteles decía que “la felicidad no es un estado, sino una actividad”. Entonces hay muchos momentos en los que no me siento a gusto y otros que sí. Entre las que me hacen feliz es estar entre las plantas, les agradezco, les digo que lindas están. Les hablo mucho a las plantas.

MUJERES EN CAMPAÑA.

“ELLAS” es una serie de podcasts realizados por Infocampo con mujeres de campo que inspiran por su historia emprendedora, y que cuenta con el acompañamiento de “Mujeres en Campaña”, una iniciativa de New Holland Agriculture que ya tiene un camino recorrido y embajadoras de distintos lugares del país.

La Iniciativa Mujeres en Campaña (MEC) surgió cuando comenzamos a notar que existen muchas mujeres involucradas en el campo con grandes capacidades y que todas teníamos algo en común: la necesidad de compartir experiencias vinculadas al campo y al trabajo rural, nuestro principal objetivo es visibilizar el rol de la mujer rural en cualquiera de sus tareas sea como cliente o como una referente para el sector”, señaló Roxana López, referente de Marketing New Holland Argentina.

Desde “Mujeres en Campaña” desarrollaron el concepto de “embajadoras” que permite conocer un poco más de cada una en su rubro y, a su vez, difundir cómo trabajan y cómo se sienten.

El objetivo de este maridaje entre ELLAS y Mujeres en Campaña es llegar a mujeres de distintas edades y distintas zonas geográficas. “Nos enorgullece cuando un padre nos comenta que le recomendó a su hija inscribirse en nuestra plataforma para capacitarse y realizar algún curso de los que ofrecemos”, agregó López.

Desde la plataforma de MEC, se puede acceder a capacitaciones, foros, talleres, entrevistas y contenido de interés, además, cuenta con una Feria de Emprendedoras para dar a conocer los proyectos que lideran las seguidoras.



De lo publicado en INFOCAMPO.

https://www.infocampo.com.ar/

4 de febrero de 2023.

Todas las imágenes pertenecen a publicación de INFOCAMPO.

https://www.infocampo.com.ar/laura-mihaljevic-pasion-croata-puesta-al-servicio-de-las-manzanas/

domingo, 4 de agosto de 2019

Tiempo de carneada, una tradición que se comparte en familia en Regina.

Dicen que el dicho “a todo chancho le llega su San Martín”, se originó en España, donde era tradición que las familias compraran dos o tres cerdos y el 11 de noviembre, día del santo, los mataban y hacían jamones y embutidos. Tal vez de ahí viene la tradición, no está confirmado, pero en las chacras de la zona julio y agosto son meses de carneadas.
Hace 50 años, en una chacra de Villa Regina, una pareja de inmigrantes croatas miraba los cuatro chanchos que en pocos días iban a carnear. Él, era de Dalmacia y ella de Trieste, Eslovenia. Después de una estadía en Buenos Aires, habían llegado al valle y como cada julio, esperaban a los vecinos de las chacras cercanas para comenzar a hacer el trabajo.
Hoy su hijo Victorio Budimir lo recuerda: “Venían y ayudaban y después íbamos nosotros. Todos los chacareros carneaban. Ahora se hace familiar” dice mientras afila un cuchillo.
Los padres de Cristina Hernández por la misma época hacían lo mismo. Él era español y su madre, hija de españoles. “Cuando yo era chica era trabajar a pleno tres días. Se tocaba un poco de música pero era sacrificado y una vez que terminabas tenías que ir a ayudar al vecino”, dice Cristina y recuerda a los que carneaban por esa época: “los García, los Vaca, los Martínez, los Galera, los López”, dice y afirma que seguro que se olvida de tantos otros.
En esa reunión de vecinos, la carneada comenzaba temprano, con mucha gente. Se prendía fuego y se ponían unas ollas tiznadas y gigantes llenas de agua sobre las llamas. Los hombres se preparaban para matar los chanchos y las mujeres buscaban los cuchillos, programaban el almuerzo, los pasteles para la tarde y pelaban cebollas y ajos.
En medio de la helada, todos, hasta los niños tenían que hacer cosas. Dar vuelta las tripas y rasparlas con el lomo del cuchillo era tarea de mujeres y niños, despostar al animal era cosa de hombres. Las cargadas, las risas eran parte primordial del día. Nadie se quedaba quieto, y el que lo hacía recibía como castigo el azote del frío.
Al aire libre, abrigados hasta los dientes, en medio de la helada salían hacia los corrales. La mujer de la casa con la olla en la mano y los dedos rojos escarchados, los hombres con las sogas y los cuchillos. En el corral, el chancho gordo, que venía de pasar buenos meses a maíz, como intuyendo, escapaba.

Luna en cuarto menguante.

Victorio y Cristina hoy son un matrimonio con cuatro hijas, Claudia, Daniela, Paola y Betiana y en la chacra que heredaron de sus padres se dirigen al chiquero en el que la chancha blanca trata de escapar. Hace fuerza, tironea, pero Victorio es fuerte. Cuando la agarran acercan el tractoelevador y la tiran sobre un palet. Le lavan el cuello y la degüellan.
“Hay que matarla con la luna en cuarto menguante, que es 15 días después de la llena. Así la carne no se hecha a perder. Los fiambres comprados tienen conservantes, pero acá ayuda la luna”, dice Victorio mientras tira de las patas del animal muerto.
Cristina con prisa pone la olla de aluminio que tiene en las manos para juntar la sangre. Un bins, como un altar pagano, es el lugar en el que ponen el cuerpo del animal de más de 160 kilos y todos se acercan para comenzar.
Luis Urbano Castro, alias “el Pelado”, vino a ayudar. Carga agua hirviendo de un tambor tiznado y comienza a tirarlo sobre el pelo blanco del animal. Por momentos tironea un poco a ver si se ablandó y cuando está los arranca con las manos.
"Hoy está caro comprar los condimentos, la carne. Muchos eligen comprar hecho, pero el sabor no tiene comparación” Cristina Hernández
“Yo le doy semitín y maíz. No me gusta comprar el chancho, me gusta criarlo, porque uno lo hace diferente. Es más, el maíz que le doy también lo siembro yo, porque el otro es como plástico. Hacemos solo para la familia, pero muchos te preguntan si vendés, porque buscan comer más sano”, dice Victorio.
Después de dos horas, la chancha impoluta está lista para abrir. Le ponen unos ganchos en las patas traseras y con una roldana la cuelgan de un árbol. Allí la hoja del cuchillo afilado dibuja una línea perfecta que le cruza la panza y comienzan a sacar las vísceras. Separan las tripas, le sacan un pedazo para llevarlo a analizar al veterinario y descartar la triquinosis y la colgada. Mañana será el momento de facturarla.

El día de hacer chorizos.


La segunda jornada de carneada es en el quincho de la casa. Es domingo a la mañana y en la cocina a gas, la olla llena de vino, orégano, comino, clavo de olor y 8 cabezas de ajo pelados, hierve desde temprano y perfuma unos cien metros a la redonda. La encargada de prepararlo fue Cristina, que confiesa que en este “los hombres ponen la fuerza, pero la logística de la carneada es de la mujer”.
Victorio y el Pelado traen media res y empiezan a despostar. Como si fuera un rompecabezas que hay que saber desarmar, retiran los jamones, las paletas, las patas para hacer a la vinagreta y cada uno de los pedazos va a lugares diferentes. El Pelado toma unas lonjas de tocino y le separa el cuero para las morcillas.
Victorio abre uno de los dos freezer que hay en el quincho. Está repleto de carne de todos los animales. Elige unos pollos de chacra de 5 kilos y se los da a Claudia que los adoba para el almuerzo. También buscan en la despensa algunas conservas para convidar. Hay zapallitos en escabeche, aceitunas y berenjenas.
“Esto lo traemos de nuestros viejos. Nos inculcaron la comida. Ellos venían de la guerra, de pasar hambre y hacían comida para guardar. Por eso digo siempre, en mi casa no hay lujos, pero comida nunca falta”
Cálculos y embutido.

No son los únicos que en la ciudad están de carneada. Cuentan que a unos pocos metros, la familia Angelone es el segundo chacho que está facturando. De todos modos, ellos confiesan que la tradición se perdió mucho. Que los vecinos dejaron de carnear porque, con el precio de la carne y los condimentos, sale más barato comprar el fiambre. “Pero el sabor no es lo mismo”, asegura Cristina.
Ponen a hervir los cueros por un lado y unos huesos grandes bullen en un mechero. Van a la carnicería y compran 14 kilos de carne de vaca para mezclar. Después traen una máquina vieja de picar carne. Es la misma que usaban los papás de Cristina cuando ella era chica, solo que le agregaron un motor y ya no tienen que darle vueltas al asunto. En un rato todo está picado.
Comienza el momento matemático. No hay calculadora, solo números que se tiran al aire y se van afinando. “Sal, orégano, pimienta, nuez moscada”, dice Victorio y pasa lista. Primero pesan la carne y le pasan un paquete de Celusal que desparrama sobre la carne. Cristina muele las pimientas en un molinillo oxidado que vino de Croacia y también se lo alcanza.
Amasan todo y arman la embutidora. Claudia se prepara un Fernet, mientras da vuelta las tripas compradas para enjuagarlas. Las pone en la manguera que sale del tambor de hierro. Victorio le da vuelta la manija y la máquina comienza a vomitar un chorizo. “Listo”, avisa cuando alcanzó el largo deseado y después los ata bien fuerte.
Los jamones los ponen en un cajón de sal, junto con las bondiolas y allí se quedarán por unos 30 días. “Se pone boca abajo, yo le pongo pimienta y un poco de ácido bórico en el hueso”, dice Victorio.
La tarde pasa entre mates y trabajo. Cuando comienza a anochecer está a la vista que se necesitan más manos para terminar. Las demás hijas vienen a ayudar. Son casi las doce y hasta los jabalíes y el puma que espían colgados en las paredes parecen cansados. En la radio un chamamé suena mientras cuelgan los chorizos en una pieza donde se van a secar. Un poco cansados recuerdan a sus viejos, las carneadas de otros años y calculan cuánto tiempo le quedará a esta tradición.

Una tradición que se pierde.


_ En el país, la carneada es una de las costumbres culinarias que los inmigrantes trajeron de Europa.
- La tarea se realiza por esta época del año aprovechando las bajas temperaturas.
- Hace varias décadas, en las proximidades de todas las casas había como mínimo un chiquero.
- Se elaboraban morcillas, chorizos, queso de chancho, panceta, bondiola y jamones.
- Así como no existían los freezers, tampoco se conocía en los campos la triquinosis y otras enfermedades que fueron apareciendo con el tiempo.
- En la actualidad la tradición se está perdiendo y cada vez son menos los que la hacen. Los que la mantienen matan menos cantidad de cerdos.
Publicado en Diario "Río Negro", domingo 4 de agosto de 2019.

martes, 11 de septiembre de 2018

Con gran éxito se llevó a cabo una nueva edición de la Fiesta del Inmigrante en Villa Regina.

Con gran éxito se llevó a cabo una nueva  edición de la Fiesta del Inmigrante.

Durante el fin de semana, aproximadamente  4 mil personas tuvieron la posibilidad de disfrutar de comidas típicas de 14 diferentes países y de una gran cantidad de espectáculos regionales. Este evento, que se lleva a cabo desde el año 2004,  es organizado por el Municipio de Villa Regina en conjunto con las instituciones intermedias. En esta ocasión, la Universidad Nacional del Comahue tuvo una importante participación a través de su carrera de gastronomía.
El 4 de septiembre se festeja el “Día del Inmigrante” en todo el país y dentro de esta tierra tan amplia, rica, querida, generosa, como es nuestra Argentina, no podíamos dejar de homenajear a nuestra Patria chica: Villa Regina, donde cavaron los surcos y los canales de riego, y de ellos, así, como un milagro, florecieron las cosechas en estas tierras vírgenes que, junto a los pueblos vecinos, formaron esta comunidad valletana con una esperanza de paz y trabajo.

El Intendente Municipal, Carlos Vazzana, estuvo presente durante el evento acompañando a todas las instituciones y los vecinos y vecinas reginenses.  “Me enorgullece que hoy los reginenses hayamos llegado a la edición XIV de esta fiesta que homenajea la capacidad de trabajo de los inmigrantes y pone en valor el esfuerzo personal que implicó el desarraigo. En estos contextos difíciles es cuanto más cerca tiene que estar el Municipio de su gente y esta actividad es un ejemplo de ello, como la gran cantidad de actividades deportivas, culturales y de desarrollo social que estamos llevando a cabo en los diferentes barrios de la ciudad.” Reflexionó Vazzana al finalizar el evento.

También, estuvieron presentes Concejales, representantes de instituciones intermedias y comunidades y funcionarios municipales.

Acompañaron el acto las banderas de los siguientes países: Argentina, Alemania, Brasil, Chile, China, Colombia, Croacia, Cuba, España, Estados Unidos, Francia, Irlanda, Italia, Líbano y Paraguay. Fueron recibidas con sus respectivos Himnos y al finalizar, se entonaron las estrofas del Himno Nacional Argentino interpretado por la Banda Municipal de Música “Romandino Grossi” dirigida en esta oportunidad por el Prof. Gregorio Nievas.    

Durante el evento, se le dio la bienvenida, a nuestra ciudad, a Dairana Smith de Bermudas y Marie Kierdof de Alemania que están realizando un intercambio.

Luego, desde el Concejo Deliberante de Villa Regina, se hizo entrega de la Declaración de interés municipal al proyecto educativo-cultural en Arte Comunitario y Espacios Público que pretende homenajear a los Inmigrantes a través de la creación de una escultura en grandes dimensiones, organizado por el Municipio de Villa Regina, el CET Nº 18 y la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Educación de la Provincia.

La música también fue la gran protagonista y distintas academias de baile, de nuestra ciudad, prepararon en conjunto un número para la presentación del evento. A continuación, se escuchó al Ensamble municipal de Saxos “Cañas Patagónicas”, dirigida por el Prof. Fabián Mora.

También, durante los dos días, se pudo disfrutar de los siguientes espectáculos: Ballet Folklórico Municipal (prof. Sergio Pérez), Escuela de Danzas Italianas Ronda Carola (prof. Analy Potes Mungai), Academia ALA (Prof. Ana Lía Arratia), Prof. Sandra Resler de Allen 1º Parte, Ballet de Danzas Orientales (prof. Elisa Donzelli), Plan D (prof. Magalí Tavernini), Academia Prof. Lilian Fernandez, Prof. Sandra Resler de Allen 2º parte, Escuela de Danzas Cascanueces - prof. Silvana Sewald, Escuela de Baile Flamenco Arza y Toma de Gral. Roca, Academia de Danzas de Belén y Carolina Moraca, Urban Dance Crew - Prof. Rodrigo Jara de Chichinales, Danzas Bolivianas (comunidad Boliviana de Cipolletti),Estudio Milena Vallejos, Danzas Chilenas - Asociación Chilena Gral. Roca, Alma Gitana – Prof. Solana Menegón, “Los Legüeros” – Prof. Sergio Vásquez Chichinales, Grupo de Samba Brasilero Kaussay – Valeria Rodríguez, Baile con Omar Carrasco y su acordeón, Taller Municipal de Folklore de Bº Malvinas – Prof. Daniela Sánchez, Academia “Souplesse” – Prof. Gisela Isla, Agrupación de Folklore de jubilados “El Reencuentro”, Taller Municipal de Danzas Árabes – Karen Lescano, Baila Conmigo – Aníbal Dupont, Agrupación “El Arriero” – Prof. Cristian Torres, Danzas Bolivianas – Comunidad Boliviana de Cipolletti, Residentes Chilenos “El Condor”, Academia de Danzas Carina Rioseco,Grupo Folklórico “Lealtad”- Mauricio Leal. Piel Morena – Prof. Pablo Perdomo, Taller de Danzas – Prof. Estefanía Doncelli. Ballet Deporte y Cultura de Valle Azul, Grupo de folklore “El Fortin”, Grupo folklórico “Alma Sureña”, Academia de Rosana Chanqueo, “MC” Centro de Arte y Educación Física-Prof. Melina Cabrera y  Danzas Rítmicas Círculo Italiano – Prof. Ariel Rocha.
Fuente de información e imágenes: 
Dirección de Comunicación de la Municipalidad de Villa Regina.