De Río Negro a México: la joven de Huergo que la rompe en
redes tejiendo crochet y hoy vive en Tulum.
María Luz Zamaro empezó a tejer muñecos a crochet en
pandemia para matar el tiempo con lana sobrante. Subió tutoriales a YouTube,
sus videos explotaron en México y armó las valijas para instalarse en el
Caribe. Hoy graba contenido para más de 50.000 suscriptores en @bellota_arte y
junta plata para comprarse un motorhome con el que sueña volver a la Argentina.
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| En uno de sus viajes a Janitzio, en el día de los muertos. |
A María Luz Zamaro (27) le habían quedado algunos restos de
hilo después de tejer tops de crochet para ella y vender algún otro entre
conocidas. En 2019 su mamá (Marisa) le enseñó los primeros puntos básicos para
armar las tazas, pero la llegada de la pandemia la dejó encerrada en su casa de
Ingeniero Huergo -localidad rionegrina de 8.500 habitantes- con una caja de
sobras que no alcanzaban para una prenda entera.
«¿Qué hago con estos ovillos chiquitos?”, pensó. La
respuesta fueron unos «muñequitos deformes»(amigurumis), cuenta, que le
sirvieron para matar el tiempo. Lo que no estaba en los planes de nadie era que
ese rebusque de cuarentena terminara siendo el pasaje directo a México.
El salto del IUPA a las redes sociales.
Antes de los amigurumis y de perfeccionar su técnica con el
crochet, su vida iba por otro lado. Estudiaba Artes Visuales en el IUPA, en
Roca, y como nunca tenía las manos quietas, se pagaba los materiales vendiendo
pulseritas de hilo, collares o haciendo uñas. El tejido era un pasatiempo de
fondo.
El quiebre, relata, vino cuando tuvo que enfrentarse a las
prácticas docentes obligatorias. «Tengo un respeto absoluto hacia los docentes,
pero yo no quería dar clases de arte, no me gustaba. Cuando se me vinieron
encima las prácticas dije: ‘no sé si quiero esto‘«.
Por esos días, después de probar la venta por encargo en
Instagram y acumular cajas de muñecos sin vender, se animó a subir tutoriales a
YouTube para liquidar el stock y fue así como surgió el emprendimiento «Bellota
arte» (@bellota_arte en Instagram y YouTube).
Dar ese paso le daba algo de pánico: «lo peor para mí era
poner la voz. Me daba mucha vergüenza. Cuando mi familia ponía los videos en el
tele de mi casa les decía: ‘no, por favor, no me gusta que me escuchen en
público’. La cara no hacía falta mostrarla, pero de la voz no había forma de
zafar».
Esa apuesta pagó rápido. El primer cobro de la plataforma,
de 100 dólares, le sirvió de impulso: «pensé en esforzarme más, comprarme una
buena cámara y jugármela por este lado que podía llegar a ser rentable para vivir
en el futuro».
Una señal del algoritmo y el sueño de chica.
El empujón definitivo en las métricas llegó con el Mundial
de Qatar. Había tejido un Messi poco antes del torneo y, cuando la Selección
salió campeona aprovechó el momento: tejió la Copa del Mundo, sacó el tutorial
y los dos videos se viralizaron.
Al revisar las estadísticas para entender quién la miraba,
se dio cuenta de que su mayor público era mexicano.
Y aunque ese dato parecía una casualidad técnica, en
realidad se cruzaba con un deseo guardado desde hacía años. «Desde chiquita
quería venir a conocer México», cuenta. Le fascinaba la estética del Día de
Muertos, la comida picante y la música, pero entre la economía de estudiante y
el apego a sus familia, el viaje se venía postergando.
Ahorró durante años sin saber muy bien cómo lo iba a lograr,
hasta que las métricas de YouTube le confirmaron que tenía que concretar ese
viaje: «No sé por qué la pegué tanto acá en México. Fue como una señal del
algoritmo para venirme».
Durante la pandemia investigó aplicaciones de viajeros y en
2024 sacó el pasaje. Para abaratar usó Couchsurfing, una plataforma donde
locales hospedan gratis a mochileros a cambio de intercambio cultural: «no solo
conocí gente, que todavía hasta el día de hoy tengo contactos y son mis amigos,
sino que también me ahorré el hospedaje».
«Con todos los cuidados de lo que conlleva una aplicación y
conocer gente en Internet, está muy buena porque vas conociendo gente local que
tiene ganas de conocer gente», recomienda.
En ese viaje conoció Ciudad de México, Michoacán y luego el
Caribe, «fui por varias ciudades hasta llegar a acá (Tulum)». En esa ciudad
pudo conseguir un trabajo y un amigo argentino que le brindó hospedaje.
El regreso a Huergo y el despegue del segundo viaje.
Ese primer tramo duró nueve meses y no estuvo libre de
dramatismo. De tanto tejer, las manos le empezaron a fallar. Le diagnosticaron
síndrome del túnel carpiano en las dos muñecas, una dolencia hereditaria de los
tendones que requirió estudios médicos. “Pensé: ‘si me tengo que operar, no me
voy a operar acá en México que voy a estar con las manos inútiles. Prefiero
hacerlo en mi casa, que me cuidan mis papás’”.
Sumado a que se casaba su hermano y a que había sacado mal
el pasaje de regreso -quedándose tres meses más del límite legal de turista por
lo caro que salía reprogramar-, volvió a Río Negro.
Regresar a Huergo significó reencontrarse con la mesa de los
domingos: papás, hermanos, sobrinos y su abuela.
Cuando anunció que pensaba juntar plata para volver a irse
sola a la otra punta del mapa, al igual que la primera vez, la reacción
familiar fue una mezcla de acompañamiento y pánico alimentado por las noticias.
«Entre los narcos, el machismo y los terremotos, todos los
días me mandan noticias al WhatsApp: ‘Cuidado, un terremoto en Chiapas’, y yo
estoy en la loma del diablo; ‘Mataron a un sicario en Sinaloa’, que está en la
otra punta del mapa. La que más se enojó porque me viniera era mi abuela»,
cuenta entre risas. Pese a los miedos, la apoyaron.
En su segundo viaje, el temor era que en la frontera no la
dejaran entrar por haberse excedido de días la primera vez -el tiempo máximo
que se puede estar en México como turista es de 6 meses-, pero la salvó su propio
trabajo. En la oficina de migraciones escuchó a los agentes hablar entre ellos
y comentar que la dejaban pasar los seis meses completos porque comprobaron que
tenía un canal de YouTube con más de 50.000 suscriptores como sustento
económico, recuerda.
En medio de ese ir y venir también le pasaron cosas
insólitas con la audiencia. Durante su primer viaje, una seguidora local la
contactó para comprarle un muñeco hecho por ella. Cuando María Luz fue a
entregarle la tradicional muñeca Lele, la mujer apareció con la hija, le regaló
un perfume y le pidió una foto. «Fue la primera vez que me trataron como una
youtuber. Me dio risa pero sobre todo mucha ternura, porque yo ni siquiera muestro
la cara en los videos».
La vida en Tulum, México: mesita de tejer, huevos fritos a
las 7 AM y la falta de queso cremoso.
Hoy, con 27 años, volvió a cruzar el continente y está
radicada en Tulum. Tras pasar por voluntariados en hostels y trabajar como
bartender -un oficio que aprendió en Argentina «por las dudas»-, hoy trabaja en
el staff de una casona de diez habitaciones en un barrio privado entre Tulum y
Playa del Carmen. Ahí atiende a los huéspedes, sirve las comidas y limpia.
Cuando la temporada baja deja la casa vacía, aprovecha las
semanas libres para encerrarse a grabar contenido para sus 50.000 suscriptores:
«me compré una mesita y un trípode. Los chicos con los que convivo, que son
parte del staff, ya saben que si estoy encerrada en las habitaciones es porque
estoy grabando. Intento mantener las dos cosas, porque YouTube es lo que quiero
que crezca para el día de mañana vivir de eso y, si me llego a comprar un
motorhome, sustentarlo también con eso».
En la comparación económica, el contraste la sorprendió de
lleno. «En el primer viaje se me desfasaron los precios. Cuando volví a
Argentina mi hermana me dijo: ‘Mirá esta remerita, 10.000 pesos’. Yo le decía:
‘¿Cómo 10.000 pesos? Si cuando me fui estaba 5.000’. Ahora que estoy en Tulum,
que es la parte cara del país, los chicos acá dicen: ‘Mirá qué caro que están
los alquileres’, y yo los comparo y digo: ‘Chicos, es re barato’. Ni hablar
Ciudad de México, es mucho más barato que Argentina ahora. Un alquiler acá
cuesta algo de 6.000 pesos mexicanos, que sería como 500.000 pesos argentinos
con servicios incluidos y céntrico».
El choque cultural cotidiano también dejó sus perlitas.
Extraña desesperadamente el queso cremoso -que en México no se consigue ni se
puede importar- y las fábricas de pastas de barrio, porque allá los ravioles
son plato exclusivo de restaurante italiano caro: «si quiero ir a un lugar a
comer ravioles, te dan de esos cinco ravioles grandes y nada más; no hay
fábrica de pastas».
Tampoco se acostumbra a los desayunos: “A las 7 de la mañana
mis compañeros se levantan y te cocinan unos huevos fritos con salchicha y
tortillas fritas. ¿A vos te parece? Yo ahora estoy desayunando unos mates con
nada. Los horarios son raros, todavía no los descifro bien; ellos almuerzan
como a las 3 de la tarde».
En contraposición, la fascinó vivir el Día de Muertos en
directo tras ir con su mamá a los panteones: «en la puerta de los panteones
había una orquesta de mariachis tocando, la gente tomando en las tumbas de sus
familiares, con flores y comida. Estaban como en una fiesta respetuosa,
celebrando la vida que tuvieron los fallecidos más que lamentándose. Es más
como el festejo de lo que fue la persona».
Además, como fanática de los animales, adoptó para siempre
la tradición del altar para mascotas a fines de octubre: «unos días antes se
hace el altarcito para las mascotas fallecidas; me traje esa tradición y la
hago a veces en mi casa en Huergo».
Pese a disfrutar de la experiencia, María Luz no proyecta su
vida en el Caribe de manera definitiva. Su meta actual es ahorrar para
comprarse un motorhome y emprender el regreso sobre ruedas.
«Me encanta México, pero mi idea es vivir en Argentina,
cerca de mi familia, en alguna ciudad de allá. Es mi país, tengo ahí a mi
familia y mis amigos. Acá me encanta, pero creo que es una etapa larga, pero
una etapa».
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Publicado en Diario Río Negro.
Imágenes: Diario Río Negro.
Domingo 4 de octubre del 2026.